domingo, 18 de mayo de 2008

Odisea de un israelí español: capítulo sexto

Emporio Sefardí
Por Moshé Yanai

Mi llegada al entonces Palestine Discount Bank tuvo cierto impacto. Como emporio de la familia Recanati, asociada con otros conocidos hombres de negocios de origen griego y egipcio, predominaba allí el elemento sefardí. Allí encontré apellidos de pura cepa sefardí: Bourla, Carasso, Magrizo, Molcho, Nahmías, Toledano y Varsano. Aunque solían hablar en hebreo durante el trabajo, lo intercalaban con expresiones en ladino, que a mí me resultaban muy graciosas.

Comencé a trabajar como un novicio (aprendiz), y entre otras cosas me ocupaba de llevar documentos de uno a otro empleado y realizar otros mandados. Como mi hebreo era todavía incipiente, solía conversar con todos en mi castellano barcelonés, lo que causaba no poca gracia a esos sefardíes que no habían escuchado nunca la versión moderna de la lengua de Cervantes. Así fue que parecía haberme convertido en una suerte de mascota del banco, con el que a todos le gustaba juguetear: representaba a una comunidad que aún era desconocida en la Palestina de los años cuarenta, y mi modo de expresar causaba no pocas risotadas a mis interlocutores. Jamás olvidaré la hilaridad con que acogieron mi anuncio que me iba de vacaciones. Se trata aparentemente de una palabra moderna, cuya existencia era desconocida hasta hace poco, de modo para que ellos eso de ir “de vaca” les resultó muy gracioso. Para referirse al tema recurrían a la palabra francesa, congé.

Sea como fuera, el hecho evidente es que mi presencia fue notada, y sin siquiera darme cuenta logré ascender a un nuevo puesto recién creado. Me pusieron a las órdenes personales del Director General del Banco, el legendario León Recanati, fundador de una dinastía de banqueros y hombres de negocios, un judío griego de aspecto patriarcal que dirigía el banco con mano firme. Hasta el día de hoy los integrantes de la familia Recanati son famosos por su actuación en la economía nacional, y frecuentemente se pueden ver las fotos de sus nietos en la prensa hebrea.

Sentado en un amplio sofá de cuero negro en la sala de espera, respondía a sus requerimientos, convocaba reuniones de empleados superiores y velaba para que nadie pudiera entrar en su despacho cuando estaba ocupado, con una tenacidad que me causó no pocos contratiempos. Un buen día apareció un caballero, un judío de apellido Salem, de El Cairo, que denotaba su origen extranjero: sus modales y el hecho que hablara en francés, bien lo atestiguaban. Alguien se había olvidado de indicarme que se esperaba la visita de uno de los principales accionistas del Banco, propietario de los grandes almacenes Cicurel de la capital egipcia. Como ese señor desconocía el hebreo, de algún modo pude contestarle en un francés muy rudimentario y españolizado, para indicarle, cortés pero categóricamente, que “monsieur Recanati est tres ocupé et il non peut pas etre derangé”. El buen hombre quedó sorprendido ante mi insistencia, y no dejó de causarle gracia la postura de quien bien considerara un mero adolescente, apenas un mocoso, que con tanta firmeza se tomaba en serio un papel que le resultaba un poco corto, para no decir menos. Además mi francés que no era tal, despertó su interés. Como inmigrante español, no dejaba de ser un ejemplar raro, y al saber de donde procedía quiso conocer las circunstancias de nuestra llegada al país. Solamente la llegada de Harry Recanati, el hijo mayor del director, me sacó de la curiosa situación en que me encontraba. Con sonrisas disculpó mi modo de obrar, e hizo los honores del caballero que aún antes de entrar en el santasanctórum me hizo un gesto pícaro, como para insinuarme que a pesar de todo, se había salido con las suyas. En última instancia este incidente no sólo no me perjudicó, sino que llegué a ser considerado como un empleado original, que tenía un modo de proceder muy particular y hacía gala de una responsabilidad muy acendrada.

Mis nociones de francés también son capítulo aparte. El idioma galo lo aprendí... yendo al cine. No es que la mayoría de las películas fueran francesas; todo por el contrario, eran –como lo siguen siendo- norteamericanas. El doblaje casi era inexistente -y todavía los es-, de modo que nos teníamos que limitar a leer los subtítulos. Como mi conocimiento del hebreo era muy superficial, tropezaba con problemas para descifrar una escritura que, para colmo, estaba escrita al revés… Y a mi gran sorpresa, comencé a comprender algo de los subtítulos en francés, que eran normativos entonces. Debo confesar que mi madre, que fue maestra de escuela en francés en su nativa Estambul, estaba muy decepcionada de que su hijo no lo supiera. Con su ayuda, y los dos periódicos en ese idioma que llegaban de Egipto al banco y que leía de contrabando, comencé a adquirir los rudimentos del francés. No puedo pretender conocer bien ese idioma, pero sí en una medida tal que durante los siete días que estuve en París, no recurrí ninguna vez al inglés: de algún modo me hice entender en mi elemental francés. Ahora, en mi condición de jubilado, trato de recuperar el tiempo perdido, y lo estudio con particular dedicación.

Los ladrones somos gente honrada”

Un buen día sucedió lo que solía ocurrir con frecuencia en la Tel Aviv de los años cuarenta: un grupo extremista asaltó el banco para despojarle de los fondos que necesitaba con urgencia, y que no se podía conseguir de otro modo de los acaudalados mogoles del yishuv. Dos o tres jóvenes enmascarados irrumpieron violentamente en el banco, y armados con pistolas amenazaron al entonces único cajero, el anciano y respetado señor Sides, que no tuvo otro remedio que abrir la vieja caja de caudales. Mientras tanto, los atracadores “patrióticos” nos tenían a todos en vilo, y luego se dieron a la fuga, si mal no recuerdo, en bicicletas. Les siguió un grupo de jóvenes en el que yo no podía estar ausente y que exclamaba a grito pelado: “ganavim, ganavim”, ¡ladrones, ladrones! Solamente cuando volví un tanto excitado de esa aventura, me revelaron que no había sido un simple suceso delictivo, sino un episodio más de la campaña para “recaudar fondos” de uno de los grupos disidentes que operaban entonces en el Mandato Británico de Palestina para conseguir la independencia.

Poco después de este suceso falleció León Recanati, y el suceso tuvo un amplio eco nacional. Su cortejo fúnebre desfiló por la arteria principal de la ciudad, la calle Allenby que aún se llama así en honor del general británico, que conquistó esta parte del mundo del imperio otomano en la Primera Guerra Mundial. Nosotros, los aprendices fuimos elegidos para llevar las numerosas coronas de flores que debían colocarse sobre la tumba; detrás iban los deudos, la viuda, los hijos y otros familiares, y a ambos lados de la calle se habían concentrado ciudadanos de Tel Aviv, no sé para si rendir precisamente un homenaje póstumo, o más bien para contemplar la impresionante procesión de la comunidad sefardí local, que interrumpía todo el tráfico en la calle principal de la ciudad.

Pasada la semana de luto, fue el hijo mayor de la dinastía, Harry Recanati, quien asumió la dirección del banco. Era un joven de 26 años que había recibido una esmerada educación. Ocupó el mismo despacho que había tenido su padre, y estimó que mi presencia junto a él le era “indispensable”. Había heredado los modales patriarcales de su padre, y si bien severo sabía congraciarse con quienes le servían bien. Como le gustaban las golosinas, me enviaba frecuentemente al quiosco vecino para comprarle chocolate: siempre una tableta para él y... otra para mí. Cuando un día le anuncié que el banco me había concedido una semana de vacaciones, y estaría ausente esos seis días, me dijo que esperase un momento. Agarró uno de los papelitos que tenía sobre su escritorio, escribió algo y me pidió que se lo entregase al cajero. Eché un vistazo y a mi gran sorpresa vi que era un vale por... cinco libras palestinas. Con esa inesperada y respetable suma en mi poder decidimos que mamá y yo pasaríamos unos días en Jerusalén. Jamás olvidaré lo bien que lo pasamos visitando a unos parientes lejanos y la emoción de ver los lugares santos y, en especial, el Muro de los Lamentos. Lo que mayormente le encantaba a mamá era llegar en autobús al Monte Scopus, en donde se hallaba el hospital Hadassah y la Universidad Hebrea, y desde unos jardines de su cima no se cansaba de contemplar el magnífico paisaje de Jerusalén. Después de la Guerra de la Independencia, ese paraje quedó como un enclave israelí dentro de la Jerusalén este ocupada por los jordanos, y sólo luego de la Guerra de los Seis Días volvieron a habilitarse tanto el hospital como esa casa de altos estudios.

Mientras tanto, procuraba no perder el tiempo, y concluido mi trabajo a las cinco de la tarde iba a una escuela vespertina, aprendía inglés y trataba de mejorar mi hebreo. A gran inquietud de mis padres llegaba muy tarde a casa, y en los primeros meses me otorgaron un trato muy especial y hasta preferente, sin percibir el hecho evidente que a esa edad estaba en condiciones de hacer más de lo que ellos pensaban.

Profesor imberbe

Un buen día llegó un kibutznik, o sea un miembro de kibutz, al banco. Procedía de Shaar Haamakim, el “Portón de los Valles”, una de las tantas colonias comunales que se hallaban cerca de Haifa. No venía para realizar operación bancaria alguna, sino que buscaba un maestro de español en donde, bien se sabía, se hablaba este idioma. Sencillamente, la organización kibutziana deseaba enviarlo en misión a América del Sur, y antes de partir quería adquirir algunos conocimientos del castellano, para suplir su dominio del yidish. Y no sabía dónde encontrarlo, por la sencilla razón de que no había quién le pudiera enseñar.

Los empleados del Palestine Discount Bank se sintieron muy halagados, pero le explicaron que el idioma que sabían no era el más indicado para su finalidad. Y sin embargo, le revelaron que había en ese establecimiento una sola persona que lo dominaba: un adolescente que había llegado de España. Así es que una buena mañana me encontré frente a un tosco kibutznik que quería aprender el castellano, y no sabía dónde y cómo hacerlo. Con una seguridad que era tan ficticia como carecía de base, le dije que si bien no tenía mucha experiencia didáctica, estaba en condiciones de cumplir esa tarea. Le expliqué que tenía la posibilidad de aplicar un novel método en enseñanza que había demostrado en la práctica ser muy eficiente. Agregué que podía adquirir un libro para aprender el castellano (lo que de por sí no era tarea fácil en aquella época). Parece ser que el hombre quedó impresionado, o sencillamente estaba tan cansado de buscar que estaba dispuesto a probarlo todo, con tal de aprender algo. Me indicó que el kibutz había alquilado una habitación en Tel Aviv, y allí podíamos celebrar nuestros encuentros pedagógicos.

Casi no llego a hacerlo. Tenía entonces no más de quince años, y no sabía de hecho cómo encarar la tarea. Desde luego emplearía el método Berlitz, pues tiene la ventaja de que no es necesario conocer otro idioma que el que se enseña. Ello me solucionaba en parte el problema, ya que mi hebreo era todavía demasiado elemental para asumir una tarea que, al fin y al cabo, exigía conocimientos que yo no poseía.

Jamás olvidaré aquellos dos días que precedieron al encuentro. Desde luego me apresuré a comprar el libro gastando para ello todo mi modesto peculio, y en casa repetí hasta la saciedad el texto de la primera lección. Fueron horas y horas de preparación hasta que pude convencerme que estaba en condiciones de asumir la tarea. Llegó el momento decisivo, y con el alma en vilo acudí a la cita. Encontré la dirección y toqué el timbre tres veces, como me había dicho. En aquella época los apartamentos telaviveños eran compartidos por varios inquilinos, y para llamar cada uno tenía su propia señal. El más veterano respondía a una llamada, el segundo en importancia a dos, y así sucesivamente. Recuerdo una conocida canción de Shoshana Damari, la primera estrella de la canción hebrea, que cautivaba al público israelí en aquella época. “Hay que llamar dos veces, y esperar un poquito”, afirma cuando invita al galán a que la visite. Claro, la mujer compartía el piso con otros inquilinos, y se le habían asignado dos timbrazos.

Mi kibutznik no tardó el contestar a mi llamada, y me hizo entrar en su habitación. Era de reducidas dimensiones, con una cama y un armario a ambos lados de la ventana, y una mesa con varias sillas en medio. Apenas si había lugar para moverse. Arriba pendía una bombilla eléctrica: claro en Tel Aviv, todos tenían electricidad, me dije a mí mismo conteniéndome para evitar divulgar el hecho que nosotros aún no la teníamos. Nuestra iluminación nocturna, en los años cuarenta del siglo pasado, todavía era a kerosén.

Con una seriedad que trataba de ocultar mi nerviosismo comencé mi lección. -“Esto es la mesa”-, le dije, y le insté para que repitiera. -“La silla, la ventana, el suelo, el techo, la cama, el cuaderno, el lápiz...” En una hora y algo de lección el hombre llegó a conocer –así por lo menos lo esperaba- entre unas quince y veinte palabras. Pero la seguridad que aparentaba tener su improvisado maestro le había impresionado, y al terminar la lección me dijo sencillamente que nos encontraríamos el próximo lunes y luego el jueves a las 7.30 de la tarde. Cobraba la exorbitante suma de una libra palestina por lección, que equivalían a tres dólares y medio. Pero en un mes normal podía llegar a ganar 9 libras: suma que incluso superaba lo que era entonces mi sueldo mensual...

Durante varias semanas traté de enseñarle los rudimentos del castellano, aunque su progreso dejaba mucho que desear. Aprendía con una lentitud que me tenía preocupado: ¿sería él o yo el culpable? Eventualmente, se aproximó la fecha de partida: tenía que zarpar de Haifa a Marsella, y de allí a Buenos Aires. –“Conozco muchas palabras, pero necesito conversar en español y no tengo con quién... ¿No quisiera venir este fin de semana a mi kibutz, para tratar de hablar conmigo en ese idioma?”-, me preguntó. “Quisiera practicar lo que he aprendido”.

La idea me pareció buena. Por la fabulosa suma de cinco libras y pensión completa, ese flamante adolescente disfrazado del pedagogo que estaba muy lejos de ser, llegó a ese hermoso rincón del norte del país, y se ingenió para que no se extinguiera el hilo de la conversación. Pero resultó ser una tarea bien ardua, tenía que romperse la cabeza para encontrar temas de conversación con una persona un tanto introvertida, y lamentó no haber aprovechado la ocasión para pedir un poco más. Estimaba que bien se lo merecía...

Muchos años más tarde, cuando trabajaba como encargado de relaciones públicas y de prensa en la Embajada Argentina en Tel Aviv, tuve ocasión de recibir al padre de una conocida cantante israelí, Dorit Reubeni, que requería información sobre ese país, en la víspera de una gira artística que su hija estaba por emprender por Sudamérica. Cuando supe que llegaba de Shaar Haamakim, me picó la curiosidad y le pregunté por mi primer alumno de español. El señor Reubeni dijo conocerlo, y en cierto modo calmó mi preocupación. -“Incluso si hubiera sido usted el mejor maestro de todo el país, no creo que hubiera podido enseñarle mucho. Sencillamente, el hombre no captaba idiomas...”- me dijo con una irónica sonrisa. Lo que no sabía el señor Reubeni es que había puesto el dedo en la llaga: entonces era el mejor maestro de español, por la sencilla razón que –hasta tanto yo sé- en todo el país no había otro...

Este episodio me instó a ampliar mis actividades en una labor que resultaba particularmente provechosa, y a mi gran sorpresa mis tratativas me colocaron un día en la escuela Berlitz de Tel Aviv, ante un grupo de seis personas que esperaban captar la lengua de Cervantes del joven imberbe que tenían enfrente. No sé si fue mi capacidad educativa, mi soltura en saber salir de situaciones engorrosas o el simple hecho que no había quien lo hiciera, lo cierto es que mi intervención debió de ser exitosa. Pronto tuve una nueva alumna, a la que dictaba lecciones privadas, una señora que eventualmente traspasó su diminuto departamento de Tel Aviv a mi suegra. Pero lo más gracioso era que ella y su esposo pensaban emigrar al Brasil, y me vi en la obligación de revelarle que no estaba estudiando precisamente el idioma que correspondía...

A medida que pasaba el tiempo no faltaron alumnos, en especial clases privadas, que me permitían concentrarme en una sola persona. Creo que en última instancia adquirí los requisitos para transmitir mis conocimientos; ante todo, era necesario tener confianza en mí mismo y granjearse de ese modo el respeto de mi interlocutor. A través de los años he tratado de enseñar el castellano a no pocos alumnos, y entre ellos había algunos tipos interesantes. Tuve otro kibutznik, en este caso una persona mayor del kibutz Mishmar Hasharon que conocía con el nombre de Margalit, quien jamás acudió a la lección en casa sin traer algo a mi señora: una flor, una maceta o una fruta exótica recién cultivada. Un alumno muy dotado que me sorprendió por el modo como aprendía el idioma. Al regresar luego de estar cierto tiempo en Buenos Aires como enviado del movimiento sionista, se puso en contacto conmigo. “No viajé en avión sino en barco a Génova, y de allí me embarqué para la capital argentina. Estuve estudiando durante toda la travesía, o tratando de conversar con gente que conocía el idioma. Al llegar a la Argentina ya era capaz de moverme solo por la ciudad, y seis meses más tarde dicté mi primera charla en castellano”, me dijo cuando nos encontramos de vuelta. Se sentía muy ufano de haber realizado semejan te proeza; no recuerdo haber tenido un alumno tan capaz como él, una persona mayor que se aproximaba a los sesenta años. Tuve también como alumna a una señora, Dalia Low, que había estudiado baile andaluz en España y que aunque era de origen sefardí e hija de una famosa familia de apellido Tocatly, poco o nada sabía del castellano. Recuerdo que estaba casada con un potentado de origen canadiense, y nos invitó una noche en una velada musical en su hogar, una lujosa mansión situada junto a la residencia del Embajador norteamericano en la exclusiva calle Galei Tejelet, en Herzlía Pituaj. Allí conocí a una figura legendaria de la bohemia israelí, Margot Klausner, propietaria de los famosos estudios cinematográficos “Ulpanei Herzelia”, donde todavía se filman algunas de las más conocidas producciones que vemos en la TV israelí. Margot era una mujer mayor, muy aficionada al espiritualismo, y decidió a avanzada edad aprender el castellano. Pero tenía de carácter muy temperamental, y en más de una ocasión tuve que regresar a casa tal como había llegado: por una u otra razón había decidido anular la lección. En ese caso esa difusa alumna, posiblemente una de las personas más adineradas del naciente Israel, me compensaba abonándome la mitad de lo que hubiera podido ganar si se la hubiera dictado. Yo aceptaba todo, porque esa mujer tenía una mente que me fascinaba, y de hecho aprendía yo más de ella que ella de mí.

Este es un capítulo de mi vida que recuerdo con no poca satisfacción: mis experiencias didácticas, el considerable número de personas de toda edad, sexo y condición social a las que intenté enseñar el castellano. Desde luego, no es tarea fácil ser maestro, y sobre todo cuando se trata de personas adultas. Más que nada, esa actividad me abrió nuevos horizontes, me permitió conocer personas interesantes y me agregó un buen caudal de conocimientos. Trataba de enseñar pero a la par satisfacía mi sed de saber más en esos contactos con mis alumnos.

2 comentarios:

ninive dijo...

MUY INTERESANTE TU RELATO MOSHÉ,TE FELICITO YVETTE

Anónimo dijo...

Il semble que vous soyez un expert dans ce domaine, vos remarques sont tres interessantes, merci.

- Daniel