sábado, 3 de mayo de 2008

Odisea de un israelí español: capítulo quinto

Ben Shemen
Por Moshe Yanai

Mientras tanto, concluimos todas las gestiones en Atlit. Finalmente, éramos personas libres en un país democrático. Bueno, mejor dicho en una colonia británica, en donde se nos consideraba como "nativos", a pesar de que acabábamos de llegar al país. Pocos días después nos separamos de nuestros padres.

Nuevamente subimos en autobuses que volvieron a enfilar hacia Haifa, hacia el norte, mientras que los mayores viajaban hacia el sur, a Tel Aviv. Todo nos parecía extraño. Llegamos a la ciudad y el vehículo comenzó a trepar penosamente por una empinada cuesta. Hasta que llegamos al Carmelo, desde cuya cima se domina la ciudad. El paisaje era encantador, estábamos en una ciudad de carácter europeo. Nos impresionaron las hermosas casas y los jardines y céspedes que se veían por doquier. La gente tenía buen aspecto, pero nos sorprendió ver que muchas mujeres vestían pantalones, algo inaudito en la España tradicionalista que habíamos dejado. Llegamos a un modesto edificio y nos repartieron en distintas habitaciones. Luego de una frugal cena, nos llevaron a una sala en donde se proyectaron algunas películas. Se trataba de documentales sobre el país. Alguien trató de explicar lo que mostraba la escena, pero tal vez su español era inadecuado o nosotros estábamos demasiados absortos en lo que veíamos para prestarle atención. Mi más vívido recuerdo es el de grupos de pioneros, hombres y mujeres, convertidos en picapedreros, que se dedicaban a construir carreteras y limpiaban campos de rocas y malezas para convertirlos en zonas de labrantío. Y todos comentábamos con marcada ironía que seguramente eso era lo que nos esperaba en la Tierra Prometida.

Al día siguiente emprendimos viaje, que esta vez fue más prolongado. Pasamos a través de una floreciente llanura en la que abundaban los naranjales y limoneros. Y otro árbol frutal que desconocíamos: el pomelo. Vimos también campesinos árabes; tenían una presencia miserable, parecían proceder de otro planeta. Llegamos a un lugar que no tenía la apariencia de colegio ni pueblo. Algo que no podíamos definir con exactitud. Era la Aldea Juvenil Ben Shemen, en aquella época la famosa escuela agrícola en donde se formaron tantos niños que tendrían un papel predominante en la existencia del futuro Estado. Aunque no lo sabíamos entonces, entre ellos figuraba un tal Shimón, que eventualmente se convertiría a un hombre de gran trayectoria política: hoy se le conoce como Shimón Peres.

La escuela debería estar hacinada porque nos alojaron en unas barracas, al otro lado de la aldea propiamente dicha. Salimos al comedor comunal. Era marcado el contraste entre ellos y nosotros, y los veteranos nos observaban con evidente curiosidad y no poco desprecio. ¡Otros nuevos inmigrantes! Por muy sionistas que fueran, no dejábamos de ser para ellos una suerte de intrusos, que no conocían el idioma y tenían usos y costumbres ajenos. Y qué modo de vestirse. Los "sabras" de entonces no sabían lo que era los pantalones "golf", y ¡ponerse corbata!, qué disparate. Desde ese momento comenzamos el largo y penoso proceso de integración en nuestra futura patria.

Tal vez yo estuviera en mejor situación que los demás; durante la travesía mi papá me había enseñado el alfabeto hebreo. Pero esas clases espontáneas me dejaron horrorizado; era tan diferente del que yo conocía. En primer lugar había que dar un giro completo: escribir a la inversa, de izquierda a derecha, en lugar de hacerlo como D'os manda. Y luego puntos y rayas en lugar de vocales. En definitiva, nunca seré capaz de acostumbrarme a semejante garabatos, me dije en mi fuero interno… Y eso que todavía no sabía que en el hebreo moderno, que mi padre todavía no conocía, habían desaparecido tales adiciones que hacen las veces de vocales. El hebreo actual de hecho carece de vocales. Los sabras se las arreglan muy bien, y yo creo que con el tiempo también lo he logrado. Pero todos tropezamos con dificultades cuando se trata de descifrar nombres extranjeros que desconocemos. Es ya famoso lo que dijo un conocido locutor en un boletín informativo de Kol Israel, la emisora nacional: "En Pampa Luna soltaron a los toros por las calles colmadas de público…" Nosotros personalmente, también tuvimos problemas. Nadie sabía pronunciar nuestro apellido correctamente, en lugar de Palomo éramos Plomo, Palmon, o incluso Fliman, porque la pe y la efe se escriben de igual modo. Y el punto que diferencia a la primera de la segunda ha desaparecido, ya no se usa más. Cuando a mi mujer la llamaron la señora Plomo, el chiste ya dejaba de ser agradable. Así se explica que cambiamos de nombre: palomo en hebreo es yoná, pero como se trata de un nombre propio, decidimos pasar a Yanai, fonéticamente parecido, que recuerda al rey hebreo Alexander Yanai, en castellano conocido como Alejandro Janeo.

Lamentablemente, Ben Shemen fue para mí una gran decepción. Después de unos pocos días de preparación, el grupo de unos cuarenta niños de 8 a 15 años fue repartido en las diferentes clases, de acuerdo a la edad y sus conocimientos previos. Pero todavía no estábamos en condiciones de seguir las lecciones que se dictaban en hebreo, porque a duras penas habíamos captado contadas palabras del nuevo idioma. Tuvieron que transcurrir unos años hasta que se creara el famoso ulpán israelí, la escuela de enseñanza del hebreo que tanto ha contribuido a modelar el carácter del país. Pero nosotros, sin conocer el idioma, difícilmente se podría presumir que estudiáramos con los demás. Si hubiésemos tenido un período inicial de capacitación del idioma, estoy seguro que las cosas no hubieran concluido en una forma tan lamentable. Lo más lógico era concedernos un período previo de preparación, para adquirir por lo menos los conocimientos rudimentarios del idioma. Pero no fue así. Estábamos a merced de lo que pudiéramos captar, cada uno con su capacidad propia, y fue muy exiguo lo que pudimos aprender de ese modo tan poco acertado.

Nuestro día se dividía en media jornada de estudio, y otra media jornada de tareas agrícolas. Me encantaba dedicarme a las faenas en el campo; por lo menos allí sabía lo qué hacer, lo que no era siempre el caso en el aula, en donde prestaba tanta atención y captaba tan poco. Y luego reunidos bajo una rústica caseta o un simple galpón, cundía una sensación de mancomunidad, que no existía en otras condiciones. Más tarde pasé a ser ayudante del pastor, un muchachote de 17 años que era un tanto cascarrabias. Pero ello no me molestaba. A pesar de que no era un trabajo fácil, me sentía feliz de recorrer los campos con los animales, y hacía tan rudo uso de mi palo pastor, que pronto lo tuve que reemplazar por otro nuevo. Lo había hecho literalmente añicos pegando sobre las rocas con tanto ímpetu, para asustar a las ovejas y lograr que se reunieran en un rebaño organizado. Creía que esos animales lo hacían adrede para que tuviera que estar moviéndome constantemente de un lado a otro. Me preguntaba quién había inventado la leyenda de que el pastor se pasaba todo el día tocando plácidamente la flauta, mientras se deleitaba admirando el paisaje. Recuerdo que llegaba rendido a mi barraca, apenas si comía algo y me iba a dormir a una hora muy temprana. Pero aún así me sentía satisfecho de haber hecho algo útil.

En el ambiente también faltaba una cohesión social. La abrumadora mayoría de los alumnos eran hijos de una generación previamente integrada en el nuevo país, y nosotros, una suerte de ajenos que no coincidían en casi nada con aquéllos. Nadie de nosotros pretendía ser un judío practicante, pero me horrorizó ver que en mi cuarto era el único que ayunó en Yom Kipur. Cuando comenté tímidamente mi asombro, no solamente se rieron burlonamente de mi proceder, sino que incluso trataron físicamente de hacerme comer una rebanada de pan… algo que recuerdo con no poco resentimiento hasta el día de hoy… Cosas de niños, desde luego, pero muy poco conductivas a una comprensión mutua entre veteranos y nuevos llegados.

Había algunos muchachos y muchachas que demostraron tener buena voluntad, pero ello no fue suficiente. Como nos sentíamos tan mal tratados, en cierto modo rechazados, no aprendíamos casi nada y no nos podíamos ambientar, las deserciones se fueron multiplicando. Cada vez quedaban menos integrantes del grupo original, y los que no se iban se sentían mayormente acomplejados. Creo que fui el último en abandonar la aldea unos meses más tarde, totalmente decepcionado del modo como se pretendía convertirnos en israelíes. En 1977 esa aldea juvenil celebró con gran publicidad el cincuentenario de su fundación, y fue ésta ocasión para elogiar su papel en educar a nuevas generaciones de israelíes. Nadie se acordó –o se atrevió- de mencionar siquiera el lamentable fracaso de esa institución, en absorber a unas decenas de adolescentes llegados en el “Nyassa” en 1944.

Palestina atravesaba en ese año por un período difícil. La guerra mundial había obligado al yishuv judío a declarar una tregua en la lucha contra la potencia mandataria, que trataba por todos los medios de eludir el compromiso contraído años atrás en virtud de la Declaración Balfour. Aquel histórico documento que prometía un Hogar Nacional para el pueblo judío, sin afectar los derechos de la población árabe local. Jóvenes judíos se habían alistado voluntariamente al Ejército británico, para luchar contra el enemigo común. Fue en ese año en que se creó finalmente la Brigada Judía. Su constitución fue objeto de prolongadas negociaciones. La autoridad mandatoria temía que un tal paso fuera mal acogido por las esferas árabes, y trataba de ocultar el hecho de que fue insignificante el número de árabes que combatieron con los aliados. Todo por el contrario, los palestinos se inclinaban por apoyar al lado contrario, sin tener en cuenta que las leyes racistas nazis también les podrían afectar. Pero es un hecho bien documentado que el Mufti de Palestina, el notorio Amin al-Husseini, se había entrevistado con Hitler en Yugoslavia, y prometido la asistencia del mundo árabe. Exhortó a los musulmanes de Bosnia que se alistasen a las tropas que colaboraban con el invasor nazi, y muchos así lo hicieron. Al fin y al cabo, Hitler estaba actuando para solucionar el "problema judío", y ello coincidía con las aspiraciones árabes de borrar del mapa a los judíos de Palestina. No tenían siquiera idea que en los planes del Tercer Reich, los árabes serían una población inferior y discriminada, para realizar las tareas que no incumbían a los arios superiores.

Proceso de absorción
En el plano personal, iniciamos un nuevo capítulo. Habíamos llegado a un país afectado por serios problemas económicos, que acusaba un alto nivel de desocupación, que comenzaba a ser construido, que carecía de una infraestructura europea, y con un elevado porcentaje de población oriental, cuyas costumbres nos eran extrañas. Aunque no llegamos a experimentar propiamente el hambre, el nivel de vida era muy bajo, y estábamos viviendo en un plano muy inferior al que habíamos dejado. Además, la Agencia Judía prestaba entonces escasa asistencia a los inmigrantes. Su principal argumento era que se nos había costeado el viaje a Palestina, y por lo tanto recibimos con comprensión y hasta agradecimiento la cama de hierro y el colchón de paja, que fue todo lo que se nos dio a cada uno de nosotros... Hoy en día, los olim, los nuevos llegados, reciben asignaciones de toda índole, como la “canasta de integración” que consiste en una elevada asignación monetaria, facilidades de vivienda, privilegios aduaneros, y numerosas otras ventajas. Y todavía se quejan que no es suficiente para integrarse en el país. En nuestra generación, la que llegó en la época del Holocausto, nos sentíamos felices de ser libres, haber huido de la pesadilla franquista y podido conservar la vida, en un momento en que ya algo sabíamos de la triste suerte de nuestros correligionarios en Europa.

Conseguimos subalquilar una modesta casita que consistía de una sola habitación, sin cocina y con los servicios sanitarios en una tosca caseta fuera en el patio, de una de las numerosas familias yemenitas locales que vivía al lado nuestro. Estaba situada en uno de los más modestos arrabales de Tel Aviv, llamado Shejonat Hatikva, en donde se había ubicado la mayor parte de los refugiados recién llegados de España. Pero la mayoría de sus habitantes eran de origen oriental en general y yemenita en particular, que nos resultaban muy extraños y, hasta diría, primitivos. No hay que olvidar que procedíamos de un país europeo, en el que habíamos adquirido algunas costumbres que brillaban por su total ausencia entre ellos. Desde luego no teníamos gas ni electricidad, las calles no estaban asfaltadas y aunque el barrio era muy extenso, no ofrecía ningún servicio público. Ni siquiera tenía oficina de correos, así que para enviar una simple carta era necesario viajar a la ciudad.

Cuando me reuní con mis padres se planteó la cuestión de qué podría hacer. Luego del frustrado episodio de Ben Shemen, no podía volver a la escuela, sin aprender antes el idioma. Entonces, a falta de un marco más adecuado, comencé una serie de cursos de hebreo para adultos, en donde me sentía un tanto acomplejado por la lentitud del progreso. Hay que tener en cuenta que la mayor parte de los alumnos eran amas de casa u hombres que trabajaban durante el día y estudiaban por la tarde. Además de la diferencia de edad, tenían el inconveniente de que ya llegaban cansados y su capacidad de captar la lección era mucho más limitada que la mía, la de un niño de catorce años. Me cambiaron de clase, para integrar un grupo más avanzado. Pero tampoco allí encontré el marco adecuado.

Vivíamos en condiciones muy precarias, ya que el trabajo que mi papá había podido conseguir, le rendía un sueldo muy reducido. Mamá había intentado trabajar, y finalmente logró ser contratada en una fábrica de golosinas, pero al cabo de unos días desistió al comprobar que no podía asumir una labor física para ella tan penosa. De modo que por mucho que lo lamentasen, mis padres decidieron que no había otro remedio: debería contribuir al presupuesto familiar. En qué forma, eso ya era otra pregunta. Alguien citó la posibilidad de que fuera aprendiz de mecánico, pero pronto se evidenció que no tenía ninguna disposición para realizar tareas de esa índole. En última instancia mi madre recurrió a unos familiares lejanos que habíamos encontrado en Tel Aviv, y gracias a su influencia fui contratado para trabajar en un banco. Mi sueldo inicial sería siete libras palestinas, una suma equivalente a un centenar de dólares de nuestros días. Pero trabajaría en un establecimiento que me ofrecía, allí en la lejanía, un cierto futuro.

2 comentarios:

Esperanto dijo...

Paco, me supongo que este es tu nombre. Nada importante; nada más queria agradecerte el trabajo que has realizado incorporando en tu blog los distintos capítulos de las experiencias de M. Yanai. Las estuve buscando y no las encontraba.
Repito, gracias.

pacobetis dijo...

para mí es un placer reproducir los artículos de Yanai
saludos