viernes, 27 de abril de 2007

El genocidio educativo




TAMBURRI ACIERTA... Y YERRA
El genocidio educativo
Por Antonio Golmar
La educación se ha convertido en uno de los asuntos más polémicos del debate político en Occidente. Como en otros temas, la situación en España es especialmente grave debido a la falta de consensos mínimos entre los políticos –no así entre la población– y al persistente declive en el nivel de formación de las nuevas generaciones.

Al contrario que en otras naciones, donde las reformas han producido un efecto positivo, en nuestro país la izquierda se empeña en proponer como remedios precisamente esos elementos que han contribuido a que la educación que reciben los niños en España sea cada día más deficiente.

Ríos de tinta se han escrito en los últimos años acerca de las razones de esta anomalía, así como para denunciar las falaces premisas ideológicas de conceptos como comprensividad y educación en valores. Entre las numerosas aportaciones al debate y a la comprensión de las corrientes pedagógicas defendidas por la progresía española destacan El Archipiélgado Orwell, de Mercedes Rosúa, y La gran estafa, de Alicia Delibes, ambos publicados por Unisón. También cabe mencionar los estudios comparativos que la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid viene publicando con el objeto de proporcionar a los profesores una visión más amplia que la ofrecida por el Ministerio de Educación sobre algunas reformas educativas extranjeras. Trabajos como los de la profesora sueca Inger Enkvist retratan un mundo dividido entre los que se han atrevido a desechar las falacias del constructivismo y, por tanto, progresan y los que se empeñan en mantener los dogmas roussonianos y gramscianos y, por consiguiente, condenan a los jóvenes a la más supina ignorancia.

El genocidio educativo, del profesor de Secundaria e historiador Pascual Tamburri, se inscribe en esta línea de llamada de atención sobre los perniciosos efectos del izquierdismo pedagógico. Sin embargo, la obra, que bebe de las aportaciones mencionadas más arriba y de algunas otras, difiere de éstas tanto en algunas de las causas del declive educativo como en las soluciones. Así, Tamburri combina la denuncia del estructuralismo y el marxismo blando con una persistente, y a veces inopinada, acusación a la sociedad burguesa, al capitalismo y al liberalismo de haber contribuido, en partes iguales, a la creación de lo que el denomina "el genocidio educativo".

La hipótesis del autor señala el individualismo como el factor que más profundamente socava la responsabilidad, la disciplina y la solidaridad necesarias para la formación de seres humanos racionales y responsables. A su juicio, la solución pasa por un reforzamiento del comunitarismo en la formación de los jóvenes, algo que, según él, casi nadie defiende en nuestro país ("¿acaso no es comunitarismo el nacionalismo?", puede preguntarse el lector). Para llevar a cabo esta labor, Tamburri confía en "una derecha sin complejos" al estilo del neofascista Movimiento Social Italiano. La reforma "tendría que partir de un nuevo hombre", formado en valores distintos al "individualismo anticomunitario, el egoísmo antijerárquico e indisciplinado, el veleitarismo desleal, la falsedad, el inmanentismo, el materialismo y el culto idolátrico al placer inmediato basado en el capricho subjetivo".

Es aquí precisamente donde el autor cae en los mismos errores que denuncia, siendo el primero de ellos lo que el economista norteamericano Thomas Sowell denomina "la visión de los ungidos". Si bien es cierto que Tamburri no es ajeno a la noción de libertad como primer término del binomio libertad-responsabilidad (sin la segunda no puede haber la primera), por otra parte parece ignorar que del lenguaje de la legislación socialista en materia de educación no se desprende precisamente un reforzamiento del individualismo, sino todo lo contrario.

Si tomamos como ejemplo el programa de la asignatura Educación para la Ciudadanía, lo que allí se encuentra es un conjunto de apelaciones a la sumisión del individuo al Estado, la renuncia a las ideas propias a favor de lo que el grupo considere deseable y la constante vigilancia –también sobre las familias– para que nadie ose poner en duda el relativismo radical de todas las opiniones. Así, la crítica destructiva y apocalíptica a la democracia liberal y al capitalismo, formulada en términos casi idénticos a los que utiliza Tamburri en su libro, se transforma, a la hora de lidiar con otras culturas y modos de vida, en una mera mención a los "dilemas morales", y por tanto irresolubles.

Otra coincidencia entre Tamburri y la izquierda consiste en la concepción del liberalismo como ideología, en el sentido marxista del término. El hecho de que considere al socialismo otra ideología no oculta su profundo desdén por todo aquello que potencie la autonomía individual frente a la colectividad. En su opinión, la relación entre individualismo y comunitarismo es un juego de suma cero en el que ambos términos son prácticamente incompatibles. Cualquier ganancia del primero lleva irremisiblemente a una pérdida en el segundo, de ominosas consecuencias para todos. Una visión que ignora la misma historia que el autor enseña, y que adolece del mismo utopismo y romanticismo antimoderno que denuncia, aunque por otra parte es perfectamente coherente con uno de los eslóganes de los antiguos misinos italianos, que Tamburri tanto admira: "Nostalgia del futuro". Un futuro presentado como la reedición de un pasado idílico que nunca existió, más allá de la mente del ideólogo que lo retrata.

Junto a los agudos análisis que Tamburri realiza de fenómenos como el nihilismo –su análisis del tema "Imagine" de John Lennon como ejemplo paradigmático de los males de la progresía es certero e impecable– y la deconstrucción de algunas de las premisas del estructuralismo y el pacifismo, que además de falaces son contraproducentes y perversas, encontramos en El genocidio... interpretaciones ciertamente exageradas de algunas manifestaciones de la cultura popular. Por ejemplo, el retrato de Bart Simpson como una especie de encarnación del mal absoluto adolece de una simpleza y frivolidad sonrojantes que, por lo demás, ignora figuras de pensamiento fundamentales para entender un texto artístico, como la ironía y la paradoja, que el autor no podrá negar se encuentran en la misma raíz de la civilización occidental.

En conclusión, la obra de Tamburri, al que por otra parte también cabe reclamar la especificación de sus fuentes –no se pueden reproducir párrafos enteros sin dar al lector una mínima pista sobre su procedencia– revela lo que para un liberal sería el origen de los problemas sociales: la intervención y la sumisión del individuo a una comunidad, llámese nacional, religiosa o racial, fundada sobre una amalgama de sentimentalismo, romanticismo y miedo al cambio. Que en este caso esta servidumbre se defienda como antídoto contra el socialismo izquierdista no empece para que muchos lectores lleguen a la conclusión de que las tesis defendidas en El genocidio educativo no son parte de la solución, sino del problema.


PASCUAL TAMBURRI: EL GENOCIDIO EDUCATIVO. Áltera (Barcelona), 2007, 168 páginas.

ANTONIO GOLMAR, politólogo y miembro del Instituto Juan de Mariana.